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martes, 18 de octubre de 2011

Oda iluminada por Walt Whitman

Quédate junto a mí,
reinventando nuestra vida a cada segundo.
No le daremos nombre a las cosas para que no tengan fin,
no invocaremos a ningún nuevo dios,
apóstatas de los existentes.
Nadie será ungido por ningún profeta,
no habrá poder, no habrá tiranos,
ignoraremos las leyes humanas, civiles, naturales,
nuestra única norma será la inercia del contacto.
Nos guiaremos el uno al otro,
aplacaré tu sed  y saciarás mi hambre.
Poseeremos el conocimiento de los dichosos.
En ti leeré el porqué del universo,
en mí leerás la verdad de nuestra existencia.
Caminaremos con la inseguridad del bebe
en sus primeros pasos,
caeremos y nos levantaremos porque el sendero es largo,
porque nuestros pies siempre pedirán un paso más.
La fatiga no podrá detenernos,
encontraremos fuentes de agua fresca, nuevos puertos
donde llenar nuestras naves con  historias de otros.
Ahora toca sentir,
arrancar la secas escamas que cubren nuestros ojos,
desollar y mudar la piel  como las víboras,
comenzar de nuevo.
Busquemos la revolución total,
el renacer a la libertad,
sin Dios, sin patrias artificiales a las que invocar para matar.
Descubre conmigo la utopía realizable.
Dame tu  mano alma amiga,
cantemos la belleza del hombre
y desterremos la culpa de la expulsión.
Dejemos que los ríos fluyan
desde lo más profundo de nosotros mismos.
El universo se expande  porque nosotros somos su fuerza centrífuga,
la poética perfecta,
la clave del verso sublime.
Somos arquitectos de la más compleja de las ciudades,
la ciudad del hombre que derrotó a la ciudad de Dios,
hundida para siempre en el abismo.
Somos hijos de nuestra propia elección,
respiramos el aire de un nuevo Edén.
JcS

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