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martes, 19 de abril de 2016

Te vas


La falta de sueño me regala una molesta rigidez en la mandíbula y una melancolía que, maldita ella, se aferra en mi cabeza durante varios días y se alimenta de esta debilidad física que me domina. Las dudas, los lamentos y los enfados con ese destino absurdo en el que no creo, y al que sin embargo culpo, se suceden sin estaciones intermedias que atemperen las fronteras. Te has ido por segunda vez. Suponía que en esta ocasión, sabedor de lo irresoluble de esta situación, a pesar de que todo era predecible, de que había desaparecido el factor sorpresa de la primera vez, todo me resultaría más fácil. Sería más rápido trasladar tu imagen, tus palabras, tus caricias, a ese rincón donde los recuerdos tamizados por el tiempo no duelen y, al contrario, hacen esbozar una sonrisa y verbalizar un agradecimiento a los dioses. Pero te vas sin irte, te quedas en este presente donde la cotidianidad de la soledad que se me hacía soportable. Presente que ahora sufre una revolución de final incierto. Ese inciso en la nada de la rutina me hace sentir más vivo para sentir más dolor. Trastocas mi existencia por unos días, después llega el vacío.

Te miro durante cinco minutos con la esperanza de que en una de estas tú te fijes y decidas si corresponder o simplemente ignorar. Me doy cuenta que tú observas a aquellos que están a tu lado, que cruzas algunas palabras con desconocidos. Sé que estás solo porque vuelves a apoyarte en una columna, quieto, concentrado en un punto vacío, apurando la última copa de la noche antes de marcharte, mirando con insistencia el reloj. Estás solo dentro de esa multitud que nos rodea, que nos separa. Yo persevero. Ignoro las frases que mis amigos me dirigen con gesto burlón porque intuyen que he encontrado el objeto de deseo de la noche, aquel en el cual depositar las esperanzas de no volver solo a casa. Esperanzas que la mayoría de las veces se diluyen igual que el whisky que tengo entre las manos se diluye en mi sangre otorgándome esa falsa seguridad en mi mismo, aquella que me haría merecedor de tu atención. Y de pronto lo haces, descubres mi mirada y la correspondes con una determinación que en un primer momento me asusta, me avergüenza y me hace enrojecer. Pero en ese instante levantas tu mano y en sintonía con un movimiento de cabeza me invitas a acercarme. Decido ir. Les digo a mis amigos que vuelvo en un momento. Entre carcajadas me animan con la promesa de que luego les cuente todo.

Durante estos meses lo mensajes que nos hemos intercambiado han ido espaciándose más y más. Mis razones son las de siempre, evitar saber. Evitar esa pregunta de cómo está mi corazoncito, pues así lo dices tú, con esa delicadeza juguetona colombiana. Yo siempre respondo que mi corazón está como de costumbre, ocupado por mí mismo. Temo el momento en que tú digas que el tuyo no. Y ese momento llega. Llega la temida frase: “Estoy conociendo a alguien”. En un intento hipócrita de dignidad  y de supervivencia digo que yo me alegro por ti. Nunca esperé nada. Pero la verbalización de que la distancia kilométrica crece hasta el infinito, pues otra persona establece la barrera definitiva, me empuja a huir y a la misma vez no me resigno a que nuestras conversaciones se limiten a unas cordiales preguntas cada dos o tres meses. Las promesas de futuros encuentros, de viajes programados sin fecha concreta se disuelven en el tiempo. Me recrimino a mí mismo esa costumbre, fruto del azar o de voluntad casi inconsciente por mi parte, de enamorarme de imposibles. El consuelo es el mismo de siempre, aquel que apela a la lógica y evita el romanticismo de película. Apenas nos conocemos. Quizás no seas como ese otro tú que yo he creado en mi cabeza. Tres días no dieron para conocernos, para saber de tu día a día, para saber si tolerarías mis desmanes mentales, mis contradicciones, mis inseguridades, mi constante y creciente inmadurez. Me digo a mí mismo que en esa practicidad que te atribuyo no hay sitio para mis quimeras sentimentales.

Te pregunto de dónde eres.- Colombiano-. Entonces  te someto  al interrogatorio de rigor.- ¿Llevas mucho tiempo aquí?-. Y pregunto esperando que digas un par de años, unos meses. Tu respuesta me provoca una momentánea desilusión. -Sólo estoy aquí por unos días. He venido aquí por trabajo-.  En una rápida deliberación decido continuar, porque al fin y al cabo, ¿qué busco? Puede que sólo diversión para una noche y cumples con creces con los requisitos, eres guapo y me sonríes- Me reafirmo pensando que no todos los días la noche puede culminar con una victoria en esa especie de competición conmigo mismo por elevar mi autoestima y a la vez demostrar a mis amigos que, a pesar de mi continuos fracasos, soy capaz de ligar, que no me doy por vencido. Me sorprendes con una pregunta que no es tan extraña estando donde estamos pero que se me antoja excesivamente clásica:- ¿Quieres bailar?- Te respondo que sí, porque ese whisky y las cervezas que lo precedían han logrado su objetivo, desinhibirme. -Es que esto me gusta-me dices. Yo, que hasta ese momento permanecía ajeno a la música, me doy cuenta de que está sonando una canción de Juan Luis Guerra. Me río, aunque apenas sea perceptible, porque considero lógico que te guste aquella música. Porque para un español como yo las fronteras musicales latinoamericanas están difuminadas y te debe de gustar por una regla ilógica la música de un dominicano. - No sé bailar muy bien-, respondo con el miedo a que ese reconocimiento de mi incapacidad para seguir un ritmo cause la primera decepción de la noche. -Da igual, yo te llevo. Esto es bachata, a mí lo que más me gusta es la salsa, pero esto también vale-. Por primera vez te toco. Me doy cuenta que con el nerviosismo ni siquiera habíamos intercambiado los preceptivos besos o un apretón de manos al decir nuestros nombres.

Tus mensajes con el tiempo se convirtieron en telegráficos, en fondo y en forma. Yo anhelaba ese barroquismo colombiano de las novelas que, haciendo uso del cliché, yo atribuyo a la mitad de un continente. Las frases de cortesía se interrumpen con un “Vale, un abrazo” que yo acepto irremediablemente.  El miedo a invadir en exceso ese espacio virtual que compartimos hace que yo deje siempre que des el primer paso. Tengo la esperanza y  a la vez el miedo de que desistas  y renuncies a prolongar una historia que decidimos por acuerdo llamar amistad, pero que nunca fue tal pues nos saltamos ese paso para amarnos en una sola noche.  En esa contradicción vivo, la de alejarte y temer que te alejes. Quiero equiparar este relato a los que se suceden uno tras otro en mi vida. Quiero que se parezca a esa retahíla de posibles que no cuajan nunca ya que hacen que mi corazón se acostumbre a las desilusiones como si todo estuviese escrito y no pudiese hacer nada por cambiarlo. En un alarde de academicismo he aprendido a analizar las estructuras de los fracasos y pretendo que tú encajes  en una de esas categorías de hombres a los que conozco y olvido. Pero, sin explicación científica posible, tú te resistes a ser una historia más de las que irán a la papelera. Tu relato sigue abierto, expectante, esperando que yo le dé continuación.

Me sujetas con firmeza, rodeas mi cintura con tus brazos y de pronto siento una determinación y una fuerza dentro de ti que no se intuía en tus palabras. Tu cuerpo pegado al mío se convierte en un libro donde leerte, descubrir que debajo de esa fachada de seriedad y cortesía se remueve un deseo instintivo. Con la excusa de seguir tus pasos bajo la mirada incapaz de enfrentarme a tus ojos, pues de pronto no sé qué camino seguir. He llegado hasta allí, pero siento que súbitamente las fuerzas o el efecto del alcohol me abandonan. Me descubro perdido entre tus brazos, con el deseo de que seas tú de nuevo quien dé el siguiente paso. Te miro de pronto y, como si de repente me situase fuera de mí, descubro que soy yo quien acerca mi boca hacia tu cara, que esa mano que tenía apoya en tu costado se eleva hasta acariciarte el pelo. Tú respondes con suavidad.  Por un momento olvidamos la música. No nos importa haber perdido el ritmo. Ahora  nos movemos con lentitud, coreografiando tenuemente nuestros besos con unos pasos cortos.  En un movimiento rápido despego mi rostro del tuyo y descubro una sonrisa nerviosa, un gesto donde se mezclan el aturdimiento y la alegría.- Bailas muy bien- me dices. Entonces yo estallo en una carcajada que tú cortas en seco con otro beso.

Cumples tu promesa. Me llevas diciendo varios meses que hay un nuevo congreso en Madrid al que podrías acudir, que preparas una ponencia para ver si te la aceptan y que así los gastos del viaje sean menos.  Expreso mi alegría de una forma comedida. Te digo que espero que ojalá sea así, que será estupendo volver a vernos, pero por dentro continúa la disputa entre el yo que desea verte y el yo que piensa que no sé hasta qué punto vale la pena aquello, pues ya todo es diferente. En cada conversación yo te pregunto cómo van las cosas con él, con el otro. Tú, consciente o inconscientemente, no te detienes en muchos detalles, quizás porque te has percatado  que algo se remueve en mi interior cada vez que yo te digo que en mi vida no hay nadie.  A pesar de que yo atenúo la importancia con el argumento de que los avatares familiares y mi inestabilidad laboral contraindican una relación de pareja, tú pareces saber que no debes contar mucho, que eso me ahuyenta cada vez más. Al fin y al cabo eres un experto en mentes. La experiencia con pacientes te hace detectar indicios de mentira en frases que para muchos pasarían desapercibidos. 

Sorprendo a mis amigos con una despedida acelerada que deja en el aire muchas explicaciones, pero con la promesa de contar los detalles al día siguiente. Entre abrazo y abrazo no dejo de vigilarte desde la distancia por miedo a tu arrepentimiento. Que esa  invitación para acompañarte al hotel tenga fecha de caducidad corta, que ese breve lapsus debido a la cortesía con mis amigos sea suficiente para que pienses que todo ha sido muy apresurado. Pero allí sigues, junto a las escaleras de la discoteca, distraído, observando el ir y ven de chicos con copas en la mano.  Cuando de nuevo llego a tu lado me tomas la mano y me conduces hasta la puerta. Salimos y el frescor de esa noche de septiembre despeja esa nube de confusión  de mi cabeza. Nos apoyamos en una pared y nos besamos, sin impaciencia, conscientes  de que son los prolegómenos de unas horas que dos desconocidos se conceden para crear algo que desde un principio se presenta perecedero, aunque ahora no importa. Comenzamos a caminar, ahora ya sin detenernos en observar a los que no rodean. Tenemos unos minutos para conocernos algo, para realizar una mini biografía de cada uno antes de que la intimidad de una habitación de hotel  nos lleve por el camino del abrazo, de la caricia, de la posesión.

Espero impaciente en el aeropuerto, mirando con disimulo a través de esa puerta automática que se abre de tanto en tanto. Quiero verte, reconocerte, recuperar la imagen que ha pervivido en mi cabeza durante este tiempo y que solo se ha reforzado por alguna foto intercambiada. Quiero volver a aprender tus gestos antes de que te des cuenta de que estoy allí. Apareces con gesto cansado, machacado por las horas de sueño y vuelo. Un abrazo al que podíamos calificar de intermedio, sin demasiada efusividad, deja intuir que ambos dudamos todavía de cómo expresar la alegría del recuentro. Un abrazo donde nos decimos el uno al otro que no sabemos cómo empezar de nuevo, que desconocemos los límites que nos marcaremos. Los detalles del vuelo ocupan los primeros momentos. Agradezco tus muestras de cansancio pues espero que al llegar a casa el sueño te derrumbe y me evite ese momento donde debo decidir si besarte. Tengo pánico. No quiero que mis ojos se inunden con una aguacero tropical si me dices que no. Que no es posible. Que aquello tuvo su momento, pero todo ha cambiado. Por fin llegamos. Dejo que te acomodes en la cama y hago un débil ademán de alejarme. Me vuelvo para observarte desde el umbral de la puerta y descubro que estás de pie junto a mí, que extiendes tus brazos. Entre temblores yo levanto los míos y te abrazo. Busco tu mirada, pero tú raudo me besas con una brusquedad apasionada. Comprendo entonces que aquella felicidad sólo será el principio de un nuevo calvario. Pero decido sacrificarme, ser la víctima que procure mi propia redención.

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