De trazar la línea roja del cambio
siempre se encargó el mes de marzo
por una simple cuestión de fechas y de plazos.
Números que hacen de un día, el día,
el momento tantas veces repetido
donde sucumbimos al humano y cómico engaño
de afirmar:
“a partir de mañana, todo será diverso”.
Poco después, víctimas de la pereza,
de cierta impotencia o del simple hecho de ser,
copiamos y distorsionamos a Lope:
Mañana cambiaremos, respondía,
para lo mismo responder mañana.
Quizás sea la coincidencia
con el cambio de estaciones dispares,
quien da solemnidad a la cuestión,
otorgando a tal día carácter de final de ciclo.
Quizás sea que la suma de años no es consoladora
a pesar de otorgar sabiduría
y por ello necesita
de sus propias trampas.
En la realidad, en esa
realidad inexcusable,
palpable y liberada de febriles batallas,
sólo es necesario el pensamiento sosegado,
aquel que otorga el paseo solitario,
para darse cuenta que todo cambia en cada paso.
Cinco metros atrás son ya pasado,
una mirada hacia el final de la calle
es ya futuro,
y esto, sin necesidad de rotuladores rojos,
páginas marcadas,
o programadas revoluciones para un día de marzo.
JcS
